Emisor, receptor y ventanas de un tren

1 octubre, 2018 by in Pensamiento

En las últimas semanas y por razones diversas, mi pareja no tiene móvil inteligente. No tiene WhatsApp, no tiene redes sociales, no puede hacer consultas en Google. Y el pasado viernes, mientras tomábamos un café después de comer, me confesó que sentía cierto alivio. Se daba cuenta de que tenía más libertad, que acumulaba más tiempo y sobre todo, que podía andar por la calle mirando en todas direcciones.

Al coger el autobús se daba cuenta de que ya nadie miraba a nadie. Ni siquiera la gente más mayor, ahora todos mamporrean el móvil. Yo también me he fijado en los pocos libros que se ven en el transporte público, donde absolutamente nadie lleva ya periódicos (yo me hacía la línea 6 entera hasta Ciudad universitaria aplastando el periódico, que llegaba arrugado al destino junto a mis manos ennegrecidas por la tinta). Nadie mira por la ventana.

El hilo de la conversación nos llevó a los contenidos que consumimos. A los comentarios que puedes leer en las redes, donde el anonimato permite el escarnio y el insulto. A la amalgama de información que genera noticias absurdas, modas en internet, corrientes que dan cabida a todo tipo de basura cultural.

Y es que podemos ponernos como queramos, pero la libertad que genera internet a la hora de acceder a la información, genera también toneladas de basura, de detritus cultural que es absorvido y redigerido hasta convertirse en eso, en auténticas montañas de basura desinformativa.

El problema del contenido personalizado es que eres tú quien activamente buscas, seleccionas y decides qué entra en tu parrilla. Y eso requiere saber qué buscar y dónde. Y somos muy vagos. Procastinamos todo el tiempo, absorvemos gatitos y bebés mezclados con vídeos terribles de niños bombardeados. Nos quedamos tan anchos entre la decoración navideña, la muerte de Rita Barberá y el último gif cachondo. Ya no esperamos a ver qué echan porque nos creemos invencibles al saber que podemos tener todo, ver todo, digerir todo.

El filósofo Jose Luis Pardo en su alucinante obra “La intimidad” (Ed. pre- textos, 2003) dice:

“El emisor ha muerto. Se ha eclipsado por falta de actos de referencia, es imposible dirigirse a él o designarlo. El destinatario se desvanece por el motivo contrario: todas las imágenes se refieren a él, le invocan, le nombran y solicitan. Y como las antiguas estatuas de los peregrinos, que se degradan más y más con cada toque, así le ocurre al destinatario. Finalmente, dejará de existir por excesos de actos de referencia

Como bien sugiere el autor en su libro, hemos pasado de una comunicación despótica a creer en otra democrática, en la que todo depende de la ciega dictadura de las audiencias. Y nos hemos convertido en transformadores de información que digieren miles de toneladas diarias de noticias informes. Detritus cultural.

Sería maravilloso volver a salir a la calle mirando al frente con el smartphone guardado en el bolsillo. Volver a mirar descaradamente al que tienes al lado en el autobús, tratando de adivinar de dónde viene, adonde va, qué le pasará por la cabeza. Mirar por la ventana del tren y percibir detalles desconocidos, pinceladas evocadoras y sin importancia que nos devuelven a la esencia. Rayos de sol contra el cristal, alguien sacudiendo la manta por el balcón, niños en un patio de colegio, un perro ladrando…